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Menos sexo, más salidas: ¿la fórmula de la felicidad?

Medio: La Nación

Según estudios de comportamiento, las parejas que tienen mayor actividad social son las más plenas

Suele decirse que una pareja se construye a partir de una satisfactoria vida sexual, de la intimidad compartida con el otro.

Una pareja se construye, entre otras cosas, gracias a una vida sexual satisfactoria. Si bien una sexualidad plena es condición necesaria, no es suficiente ni para que la pareja se mantenga, ni para que la pareja crezca. Una pareja se construye cuando se desea caminar la vida juntos, encontrando y renovándose mediante un “alquimizador” por excelencia: tener proyectos en común. El deseo de vivir mi vida compartiéndola con el otro, y de transformarme creciendo junto a ella o él, son un trampolín hacia una intimidad erótico-afectiva de plena satisfacción.

La etapa romántica de construcción de la pareja, como la luna, tiene también dos caras: la que ilusiona, y por la que se idealiza, donde la atracción sexual juega un papel insustituible. Es el aglutinador por excelencia. Mientras que en la cara “oculta” se va tejiendo la trama inconsciente que “linkea” los conflictos no resueltos que cada uno tiene en su interior.

La salida del enamoramiento, la etapa de la fuerte atracción sexual e idealización, aterriza su vuelo en la realidad que encuentra del otro lo que me gusta y lo que no. Momento en el que el placer sexual es insuficiente para mantener la unión. Sabiendo ponderar y dimensionar lo deseado y rechazado, es que da lugar el deseo de estar con ese otro con quien quiero proyectar y compartir, lo que construye un verdadero amor.

Hay estudios que parecen contradecir esta hipótesis: las parejas que tienen más sexo y menos vida social son menos felices que las que tienen menos sexo y más vida social. ¿Por qué sucede esto?

Suena dicotómico plantearlo de tal modo. Una vida social activa es siempre enriquecedora, más allá de la cantidad y/o calidad de vida sexual que tenga una pareja. Si contrastamos el estilo de vida de pareja y familia que tenían nuestros abuelos, rápidamente podemos pensar que la vida actual, de múltiples ventanas abiertas, nos reconecta con algo con lo que todos nacemos: la curiosidad, la búsqueda de sorpresa y novedad.

Estos son estímulos muy nutritivos para nuestro cerebro, y que están en la conformación del mismo (pensemos qué es lo que hace todo bebé desde que nace: conoce, explora, busca relacionarse con los otros, vive en un mundo de sorpresas). De allí que nutrirse con el intercambio con el otro sea revitalizador, porque nos interpela, porque aprendemos de otras perspectivas, otras miradas, otros puntos de vista, otros modos de afrontar y resolver la vida, porque nos divertimos, porque nos permite desplegar la solidaridad, el compañerismo, reposar en otros compartiendo nuestros problemas, sentirnos ayudados, y ayudar. Nos posibilita a su vez que pongamos en perspectiva nuestra realidad: quizás nuestros problemas estaban siendo sobredimensionados, o quizás estábamos minimizando alguna cuestión que -al visualizarla gracias a la mirada de ese otro de afuera- podemos empezar a enfrentar y solucionar. Es decir, una buena vida sexual revitaliza y motoriza, no sólo retroalimenta lo sexual, sino que también provoca una especie de onda expansiva hacia un amplio espectro de actividades de la vida, lo que desde luego incluye también retroalimentarse en lo grupal, en lo social. El encuentro con otros, el compartir con otros, al renovarnos internamente, produce la dialéctica del retorno: repercute enriqueciendo también aspectos como la vida sexual. Somos gregarios: la vida social, el intercambio con el otro es factor de sanidad. Genera bienestar en el área de vida que sea.

¿Por qué el sexo no hace la felicidad conyugal?

Porque no es causa, es consecuencia. Si bien mencionamos anteriormente que es causa en el inicio de la relación, salidos del enamoramiento en una pareja de adultos, deben surgir otras fuentes de gratificación, otros intereses, proyectos y motivaciones.

Procurar la plenitud en el vínculo de pareja sólo a través de la satisfacción sexual es no sólo procurar desvitalizarse a uno mismo, sino buscar, inconscientemente, apagar el fuego del vínculo. Hay que salir de la adolescencia, es sólo éste el ciclo vital en el que el volcán hormonal causa este tipo efímero de “felicidad”. Pero ingresados en la madurez, es sano sublimar. Imaginemos una torta a la que dividimos en las porciones de intereses que tenemos en la vida. Para quien no haya porciones, y la satisfacción sexual sea la torta toda, la única procura de satisfacción, va a experimentar una vida con mucha pérdida, muy limitada y empobrecida, que no permite expandirse experimentando otros grandes placeres y fuentes de gratificación como los proyectos personales, los hobbies, el disfrute con los amigos, con la familia, con la vivencia de trascendencia a través de la vocación, con el desarrollo de aquello que nos apasiona, como la música, la militancia,con el disfrute de la vida en la naturaleza, de la vida cultural que ofrece toda ciudad, y ¡tanto más!. Pedirle a la vida sexual que sea la causa de la felicidad es sobreexigir a esta función vital. Y si se encuentra ésta sobreexigida, por sobre todo se retraerá. A la plenitud sexual se desemboca por la ramificación y arborización de actividades placenteras. Sólo de ese árbol madura la frutilla del postre, que indefectiblemente “cae cuando madura”.

Ante una satisfacción inmediata y efímera (sexo) se prefiere una satisfacción a largo plazo y prolongada (vida social)?

Se necesitan ambas cosas. Se necesita el encuentro íntimo, desnudo. Se necesita ese encuentro en el mar del amor que se metamorfosea y expresa de modo sexual. Y se necesita lo satisfactorio de intercambiar con otros, de tener también proyectos compartidos con otros, divertirse, disfrutar. Somos seres gregarios, por lo tanto necesitamos lo colectivo, lo grupal, necesitamos de la camaradería, del compañerismo y de la solidaridad que sólo podemos ponerlas en acto en el intercambio social.

La sociedad actual ofrece miles de posibilidades en el afuera, ¿puede ser eso la clave de que muchos lo prioricen por sobre la vida íntima? El afuera es más interesante que el adentro?

Claramente la vida actual es un gran estímulo, que muchas veces sobreexcita, sobreestimula. Pero ha habido una sustantiva transformación en los estilos de pareja. Uno observa en el consultorio que se están intentando encontrar nuevos equilibrios donde puedan integrarse momentos compartidos en pareja con otros y que se desarrolle también la vida privada de cada uno estando en unión vincular. Que lo privado no quede anulado. Que no se viva como temor al abandono que el otro tenga espacio para el desarrollo de su propia vida, con sus proyectos personales, con sus amigos, es decir, que los integrantes de la pareja compartan como pareja la vida social, y a su vez se nutran de modo individual del mundo social.

Sí hay un claro factor a tener en cuenta y es que la pareja es un vínculo que requiere mucho esfuerzo, mucho trabajo, que implica mucha pérdida. Sí, nada más y nada menos que la de la libertad. Pero la madurez enseña que puedo compatibilizar espacio para mí, tener mis tiempos, tener mis cosas, y también compartir mi vida. La trituradora virtual que ofrece incesantemente novedad, oficia por un lado de “distractor-interferencia”, obtura la posibilidad de hacer foco y jerarquizar: qué es lo que tengo que postergar, qué es lo que tengo que perder, para ganar. A su vez funciona como espejitos de colores que encandilan, seducen a una zona de “confort” muy incómoda donde todo pasa, nada queda, o lo que permanece es un gran vacío existencial. Necesitamos encontrar nuestro propio espacio de individualidad, de estar con otro en pareja, y con lo grupal.

¿Qué le aporta una vida social activa a una pareja? ¿Actúa como un colchón emocional contra la rutina?

Sí, y además de lo que hemos estado comentando hasta aquí, lo es en particular en los tiempos que estamos viviendo. Efectivamente la vida social, el encontrarse, el reunirse, el juntarse es un verdadero colchón que amortigua el embate de la rutina. En la actualidad se hace “imperativo” dado que nos permite también solidarizarnos y apoyarnos ante la caída de los niveles de ingresos. Nos podemos ayudar ante la pérdida del empleo, solidarizarnos y apoyar a quien está en más indefensión o dificultad. Acompañarnos ante lo depresógeno que dispara la caída del poder adquisitivo. La vida social nos permite cobijarnos para amortiguar las intensidades emocionales que está provocando el contexto actual. Si de por sí una vida social activa es sana, en nuestro presente se transforma en un verdadero “colchón emocional”.

¿Quién suele valorar más esta vida social: el hombre o la mujer?

Depende de cada caso. En el consultorio atiendo pacientes hombres cuya queja es la falta de vida social porque luego del nacimiento de los hijos, sumado a la sobrecarga que tiene la mujer por trabajar afuera, se pone más “casera”. Hay otro tipo de parejas en las que la mujer puede tener cierto rasgo ansioso, o que le gusta mucho tener planes y actividades de manera constante y de repente su pareja es más calmo, requiere más intimidad. Y están las parejas que comparten la dosis, de cantidad y calidad en cuanto a necesidad de vida social.

¿La vida social intensa puede esconder una vida íntima poco satisfactoria?

Suele ser la generalidad de las parejas de clase alta y media alta. En el consultorio observo que este tipo de parejas suelen mantenerse por comodidad económica, en la mayor parte de los casos. Y por el qué dirán. Allí no hay pareja, sino que tras de ese formato uno descubre como contenido a una “pareja de sociedad económico-social”. Tal tipo de vínculos deja con un gran vacío existencial por lo que se hace necesario huir de ese abismo apelando a un gran distractor que es generar una vida social muy activa y preponderantemente vacía (para que no interpele qué se está haciendo con la propia vida) y que permita esconder el gran vacío e insatisfacción que se experimenta en la intimidad.

¿Qué es más fácil de sostener a largo plazo: una pareja sin sexo pero con activa vida social o una con sexo pero con escasa actividad social?

Una pareja sin sexo y sin vida social activa es una pareja muerta, en vida. Las hay, y muchas, son las parejas que sólo se dedican a “perdurar”, pueden ellas sostenerse a largo plazo, con una sobrevida de altos costos para la salud mental. Desde luego que si una pareja vive su intimidad y vida erótico-afectiva con gran satisfacción y plenitud tienen un gran condimento para sostenerse como vínculo a largo plazo, pues sólo de ellos depende cuánto necesitan de la vida social.

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